Productividad: resolviendo el acertijo (III)

En la segunda parte analicé los dos componentes básicos de la productividad: el decisional y el cuantitativo, y lo importante de abordarlos de manera satisfactoria para alcanzar altos niveles de productividad. En esta última parte de la serie, me referiré al poder de los hábitos y la eliminación del canje calidad/cantidad.

Una falacia común presupone que hay un canje necesario entre la cantidad de trabajo realizado y la calidad de dicho trabajo. Según tal noción, se puede producir bien sea una gran cantidad de unidades mediocres o muy pocas de excepcional calidad. Si bien esto puede ser cierto en algunos casos, pasa por alto varios factores importantes. Con el tiempo, mediante la realización periódica de ciertas actividades, los individuos forman hábitos relacionados con las mismas. Un hábito es un patrón de funcionamiento ‘por defecto’ en relación con una actividad. Los hábitos no suscitan ninguna molestia indebida para mantenerse una vez que se han establecido; el individuo los percibe como el curso de acción “natural” y “fácil”. Por lo tanto, los hábitos proporcionan un punto de referencia para la productividad: una persona no puede, en general, ser menos productivo que lo que sus hábitos le permiten. Puede ser más productivo, sin embargo, al ejercer deliberadamente un esfuerzo adicional y quizás estirar los límites de su comodidad -con el fin de aumentar gradualmente sus hábitos a un nuevo nivel y hacerle más fácil la tarea de  lograr un mayor rendimiento.

Los hábitos pueden formarse con respecto a la cantidad producida, pero también con respecto a la calidad esperada. Después de todo, con suficiente práctica, se puede mejorar la calidad de cualquier producto -ya sea un trabajo escrito, una pintura, una composición musical, un procedimiento científico, un proceso de producción, o un enfoque de marketing. Inicialmente, desarrollar la calidad podría ser una actividad relativamente laboriosa que muy probablemente involucraría un canje con la cantidad. Sin embargo, a medida que se desarrolle el hábito de calidad, dicho canje desaparecerá. La repetición de una tarea reduce en gran medida los costes de transición de una actividad a otra. Dejar de hacer algo y empezar a hacer otra cosa necesariamente implica un gasto de tiempo y recursos productivos. No sólo nuestros activos físicos deben ser redirigidos, sino también nuestro estado de ánimo debe ajustarse para adaptarse a la nueva actividad. Algunos de estos ajustes son necesarios por el solo hecho de que, para prosperar, las personas necesitan llevar a cabo una multiplicidad de tareas. Pero al profundizar en una tarea, terminarla, y luego pasar a otra, estos costes de transición se reducen de manera importante.

Por otra parte, la repetición del trabajo le permite entrar en un patrón productivo casi automático que se convierte en un modo de funcionamiento ‘por defecto’ mientras dure el trabajo realizado. Esto ha sido llamado el “estado de flujo” por algunos psicólogos, es decir, el estado mental operativo en el cual una persona está completamente inmersa en la actividad que ejecuta. Al reducir la cantidad de esfuerzo mental requerido y sumergiéndose plenamente en el procedimiento, tales estados mejoran en gran medida la productividad. Es posible participar en la repetición sistemática de muchas más actividades de las que uno imagina. Cualquier tarea -tanto intelectual como física- que implique  múltiples repeticiones de las mismas acciones, puede estructurarse de tal manera que se minimicen los costes de transición al centrar su energía en abordar un paso concreto a la vez de forma repetida. Con el hábito de trabajo de calidad como su línea de base, éste puede producirse en grandes cantidades mientras se ejerce un esfuerzo moderado por mejorar tanto la dimensión cuantitativa como la cualitativa. Este modo de progreso en la productividad es un desafío, pero no es necesariamente agotador; lo más importante, sin embargo, es que es sostenible durante largos períodos de tiempo.

 Productividad V

 ¿Quién se vuelve productivo entonces?

Lo que en última instancia separa a los individuos más productivos de los menos productivos es la atención que prestan en mejorar su productividad y la diligencia con la que persiguen tal mejora. No se debe esperar una mejora notable en cuestión de días -aunque a veces se produce con bastante rapidez. Es a través de esfuerzos sostenidos en cualquier tarea que valga la pena, junto a un análisis racional de por qué dicha tarea es en realidad digna, que se producirá un aumento ostensible en la productividad a lo largo del tiempo.

Hasta la próxima publicación.

Dennys Caldera Boka

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